
Misoginia:
cómo daña tu salud mental y tus relaciones
Descubre cómo la misoginia puede afectar tu salud mental y tus relaciones, y qué hacer si la identificas en tu entorno. Si lo necesitas, puedes agendar apoyo psicológico especializado.
Escrito por: Selvia Vargas y Equipo R&A Psicólogos
Cuando escuchamos la palabra “misoginia” pensamos en violencia o discriminación abierta, sin embargo también puede estar presente en situaciones cotidianas, a veces de forma tan sutil que cuesta identificarla.
Puede aparecer en una relación de pareja, en la familia, en el trabajo o incluso en cómo nos hablamos a nosotras mismas. Reconocer las dinámicas y señales de la misoginia es un primer paso hacia el cuidado.

¿Qué es la misoginia y cómo se manifiesta en lo cotidiano?
La misoginia es una forma de desprecio hacia las mujeres y todo lo que se asocia con lo femenino. Se manifiesta en actitudes, ideas y conductas que desvalorizan, descalifican o agreden a las mujeres y niñas, ya sea de manera directa o indirecta.
Está basada en la creencia de que lo masculino es superior, por lo que, muchas veces, lo femenino se percibe como débil, menos valioso o incluso como algo que debe ser corregido o controlado.
En lo cotidiano, puedes encontrar expresiones misóginas en frases como “las mujeres son el sexo débil”, “seguro no sabe manejar, es mujer”, o situaciones como que, en una reunión familiar, se dé por hecho que las mujeres deben encargarse de limpiar mientras los hombres descansan.
Muchas de estas actitudes se repiten sin mala intención, pero eso no significa que no tengan un impacto negativo.
Misoginia abierta vs. misoginia sutil
La misoginia está tan normalizada en nuestra cultura que muchas veces cuesta identificarla. Algunas actitudes son evidentes, pero otras pasan desapercibidas porque las hemos escuchado o vivido tantas veces que ya no las cuestionamos.
Por eso se puede hablar de “misógina abierta” y “misoginia sutil”. La diferencia es que la primera se manifiesta de manera más explícita, a través de prácticas e ideas directas, evidentes e incluso violentas. Un ejemplo de ello son los insultos o el uso de lenguaje despectivo hacia las mujeres: “las mujeres a la cocina” o “corres como niña”.
La misoginia sutil se refiere a acciones más disimuladas y normalizadas, que incluso parecen no tener la intención de ofender y por lo tanto son difíciles de percibir. Por ejemplo, interrumpir de manera continua a una mujer en una reunión.
Ambas formas de misoginia tienen algo en común: parten de la idea de que las mujeres valen menos; y aunque la sutil es más difícil de notar, sus efectos pueden ser igual de dañinos.


Ejemplos de actitudes y frases comunes
Algunos ejemplos de misoginia abierta son los insultos directos: “las mujeres no saben lo que quieren, están locas” y el uso de estereotipos para caracterizarlas: “las mujeres solo piensan en ropa y maquillaje”.
En esta forma de misoginia también es posible encontrar prácticas de discriminación como no contratar mujeres porque se pueden embarazar o la deslegitimación de sus logros y capacidades: “seguro se lleva muy bien con el jefe y así logró su ascenso”.
La exclusión de espacios de toma de decisiones (“las mujeres no pueden tomar decisiones porque son muy emocionales”), deportivos o recreativos (“las mujeres no entienden de fútbol”) también son una práctica misógina, así como todas las formas de violencia de género.
La misoginia sutil se puede expresar en falsos elogios que buscan “felicitar” pero que reafirman estereotipos o roles de género limitantes: “es muy fuerte para ser mujer” o “te quedó bien el arroz, ya te puedes casar”. También se traduce en prácticas como repetir la idea de una mujer y tomar el crédito por ella, o explicarle cosas que no pidió porque se asume que no lo sabe: el “mansplainning”.
La sobreprotección también puede ser una forma de misoginia sutil, pues aunque haya buenas intenciones, su origen está en la idea de que las mujeres son débiles e incapaces de cuidarse solas. Asimismo, las bromas sexistas pueden parecer inofensivas, sin embargo a través de ellas se reproducen estereotipos negativos: “Mujer al volante: peligro constante”.

Cómo se filtra en tus relaciones, tu entorno y contigo misma
La misoginia no se queda en frases sueltas, también se cuela en las relaciones afectivas, familiares, laborales y en la forma en que te relacionas contigo misma y con otras mujeres.
En las relaciones de pareja, sobre todo si son heterosexuales, la misoginia se puede expresar a través del control emocional o la invalidación de lo que expresas con frases como: “no te puedo decir nada porque ve cómo te pones”.
También puede verse a través de la división del trabajo en la relación y en el hogar, por ejemplo si se espera que sea la mujer quien planee, lleve la carga mental y realice las tareas domésticas y de crianza. El control constante y los celos también son prácticas misóginas que son consideradas violencia de género.
En el entorno familiar la misoginia se puede manifestar a través de la sobrecarga de cuidados a las mujeres de la familia; la desvalorización de sus logros en contraste con la sobrevaloración de los logros de los hombres; la crítica al cuerpo desde edades tempranas y la educación diferencial entre hermanas y hermanos.
La misoginia en el ámbito laboral se manifiesta a través de la invisibilización de las capacidades de las mujeres o cuando hay un estándar diferente para evaluar su trabajo o calificar sus actitudes, en contraste con el de sus compañeros, por ejemplo, cuando una mujer se muestra firme es “mandona” pero si un hombre lo hace, es “buen líder”. Asimismo, las mujeres suelen recibir mayor atención a su apariencia física en lugar de evaluar su desempeño.
La misoginia también puede ser ejercida por las mujeres, de tal manera que se puede manifestar en la relación consigo mismas y con otras mujeres.
Cuando la misoginia se presenta con una misma se le llama misoginia interiorizada y se puede manifestar a través de autocríticas corporales constantes, culpa por poner límites en las relaciones o por decir “no”, dudas constante sobre sus capacidades y el rechazo a la feminidad para ganar valor social: “yo no soy como otras mujeres”.
La misoginia presente entre mujeres se puede manifestar a través de la competencia constante o el refuerzo de estereotipos que refuerzan la distancia entre ellas: “el peor enemigo de una mujer, es otra mujer”. También son misóginas algunas prácticas como juzgar a otras mujeres por su apariencia o su sexualidad o no confiar en ellas para trabajar en conjunto o liderar alguna tarea.
Causas de la misoginia: factores sociales y culturales
La misoginia no es un problema de unas cuantas personas ni exclusivo de los hombres, tampoco es un rasgo de personalidad, es una construcción social, aprendida y transmitida por generaciones a través de la cultura. Su origen se encuentra en un sistema más grande: el patriarcado, que da más valor y poder a lo masculino.
La misoginia es una forma de mantener la supremacía de lo masculino y, por lo tanto, el lugar que las mujeres en la sociedad. Por ejemplo, cuando una mujer decide trabajar en lugar de seguir roles tradicionales (como quedarse en casa o realizar labores de cuidado), es común que enfrente críticas o dudas sobre su capacidad. No es casualidad: esos juicios refuerzan una jerarquía que beneficia a unos y limita a otras.


Te invalida emocional o intelectualmente
Cuando alguien constantemente duda de lo que sientes, piensas o sabes, puede estar reproduciendo una forma de misoginia. Nadie tiene derecho a invalidar tu experiencia ni tu inteligencia.
Algunas frases pueden ser: “estás exagerando”, “no es para tanto” o “tú no sabes sobre esto”.
Espera roles de género rígidos o servicialidad constante
Si en tu familia, pareja o trabajo se espera que seas “la que cuida”, “la que organiza”, “la que siempre está disponible”, es probable que estés en un entorno donde se reproducen estereotipos de género. No tienes que cumplir con esos roles para ser valiosa.
Minimiza tus logros, emociones o decisiones
Cuando logras algo y como respuesta obtienes frases como: “seguro tuviste suerte” o “cualquiera puede hacer eso”, es una minimización de tus capacidades.
También puede ocurrir cuando tomas decisiones importantes sobre tu vida y las cuestionan o ridiculizan. Todo esto debilita tu autoestima y tu autonomía.
Usa el sarcasmo, la burla o el control como forma de poder
Las bromas hirientes y el sarcasmo constante pueden ser una forma de controlar tus decisiones, por ejemplo cómo te vistes, con quien sales o a qué te dedicas.
Frases como: “no te lo tomes personal” o “era broma” después de un comentario que te hace sentir mal, son señales de este tipo de prácticas y manipulación.

Consecuencias psicológicas de vivir en un entorno misógino
Estar expuesta de forma constante a estas actitudes tiene un impacto directo en tu bienestar emocional, aunque estas afectaciones sean sutiles en un principio.
Baja autoestima y autoconfianza
Si constantemente estás escuchando que exageras, que no puedes o que no sabes, poco a poco puedes empezar a creerlo. Eso va afectando cómo te ves y cuánto crees en tus propias capacidades.
Ansiedad, culpa o sensación de "estar exagerando"
Ante situaciones de constante descalificación, es común que sientas que algo no está bien, pero dudas de ti misma. Te preguntas si estás exagerando, si tú provocaste esa actitud o si lo hacen con malas intenciones. Esta ansiedad y culpa son consecuencias de un entorno misógino.
Dificultad para poner límites y validar tu malestar
Si te encuentras en un entorno donde tus necesidades fueron ignoradas o juzgadas, puede costarte mucho trabajo decir “no” o reconocer cuando algo te hace daño. Incluso podrías sentir culpa al priorizarte.
Aislamiento y confusión emocional crónica
Las relaciones o ambientes misóginos pueden hacerte sentir sola, confundida o emocionalmente desgastada. La poca confianza en lo que sientes y las dudas para reconocer cuándo se trata de prácticas misóginas, pueden ocasionar dificultades para relacionarte con otras personas.
¿Qué hacer si reconoces estas actitudes en tu entorno o pareja?
Identificar estas dinámicas es un paso muy valioso. En seguida, es importante que sepas que no estás exagerando ni estás sola.
Escucha tu intuición: no estás siendo “demasiado sensible”
Si algo te incomoda o te duele, es válido. Tu intuición es una guía importante. Recuerda que no necesitas justificar lo que sientes para que sea real.
Ponle nombre a lo que vives: eso también es violencia
Nombrar lo que estás viviendo te ayuda a tomar conciencia. Invalidación, control, celos, sarcasmo hiriente, carga mental excesiva: no son detalles menores, son formas de violencia de género. Reconocerlo y nombrarlo te permite buscar apoyo.
Habla con alguien externo (profesional o red segura)
Buscar una mirada externa puede ayudarte a ordenar tus ideas y emociones. Hablarlo con alguien de confianza, o en un proceso terapéutico con perspectiva de género, puede marcar una gran diferencia.
Define tus límites, incluso si eso significa alejarte
Recuerda que tienes derecho a decir que no, a recibir respeto y poner límites, aunque eso implique distancia con ciertas personas o espacios. No estás obligada a quedarte donde te hacen daño.
Busca apoyo terapéutico que no minimice tu experiencia
Es fundamental que el acompañamiento profesional que recibas valide tu experiencia y tenga una mirada libre de juicios.

Si no estás de acuerdo con estas actitudes, pero las ves cerca…
También puede ser que tú no reproduzcas estas actitudes, pero las veas en personas cercanas.
¿Cómo posicionarte sin ponerte en riesgo?
A veces, confrontar directamente puede ser difícil o incluso inseguro. En esos casos, puedes poner límites sutiles: retirarte de conversaciones que te incomoden, evitar reírte de “bromas” sexistas, o simplemente no validar ciertas actitudes.
Aprender a confrontar con firmeza y empatía
Si decides hablarlo, puedes señalar aquella acción o frase que te incomodó y mencionar por qué fue así. El objetivo no es discutir, sino generar conciencia. A veces basta una pregunta o una observación para sembrar una duda en la otra persona.
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Referencias:
¿Qué es la misoginia? Podcast “La persona nunca es el problema”. Disponible en: https://www.youtube.com/watch?v=awJvL5ZH9l0&t=793s&ab_channel=PranasChile
Ferrer, Victoria y Bosch, Esperanza. (2000). Violencia de género y misoginia: reflexiones psicosociales sobre un posible factor explicativo. Disponible en: https://www.redalyc.org/pdf/778/77807503.pdf
Grajales, Martha Elena. (2021). Violencia misógina, amor y patriarcado. Disponible en: https://www.redalyc.org/journal/4989/498974421006/html/
Varela, Nuria. (2012). La nueva misoginia. Disponible en: https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=4055493
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