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Mi pareja no quiere ir a terapia: qué hacer y cómo afrontarlo

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Escrito por: Psic. Rogelio Argüello S.

Estás atravesando un conflicto muy difícil en la relación con tu pareja y te topas con un muro: él o ella no quiere ir a terapia de pareja a buscar resolverlo. Te dice "no" o "ahora no", "no lo necesitamos", y sientes que esto no solo les impide avanzar sino que más bien agrava el problema que ya de por sí está desgastando la relación.

Es normal que te sientas así. Cuando uno de los dos identifica que la relación necesita ayuda y el otro no se mueve, lo que se desgasta no es solo el problema original: es la confianza en que el vínculo pueda repararse. Empiezas a dudar si lo que pides es razonable, si estás exagerando, si vale la pena seguir intentándolo.

Este artículo no pretende darte una fórmula para convencer a tu pareja. Te ofrece algo distinto: una forma de entender por qué se niega, distinguir cuándo esa negativa es una pausa legítima y cuándo es una señal de algo más serio, y revisar qué opciones reales tienes si la situación no se mueve. Porque hay diferencia entre una pareja que aún no está lista y una pareja que ha decidido no moverse. Y esa distinción cambia todo lo que sigue.

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Cuando sientes que solo tú estás intentando salvar la relación

Hay un punto en el que dejas de pelear por los temas concretos y empiezas a cargar algo más difícil de nombrar: la sensación de que el esfuerzo no es compartido. Tú propones, buscas el momento, eliges las palabras, intentas no sonar exigente. Y del otro lado, la respuesta sigue siendo la misma: una evasiva, un cambio de tema, un "ya lo hablaremos" que nunca llega.

Eso cansa de una forma particular. No es el cansancio de discutir: es el cansancio de pedir. De acercarte a tu pareja buscando que algo cambie y encontrar silencio o postergación. Al principio insistes. Después empiezas a pedir menos, no porque ya no lo necesites, sino porque te agota que no haya respuesta. Y cuando dejas de pedir, algo en la relación se va  apagando sin que ninguno lo note.

A eso se suma el miedo de que el problema crezca, pues sabes que lo que está pasando no se va a resolver solo. Lo ves en los temas que ya no se tocan, en las conversaciones que terminan antes de empezar, en cómo cada intento de hablar de lo importante se pospone. Los problemas de pareja que no se elaboran no desaparecen: se acomodan. Se vuelven distancia, rutina de evitación, resignación silenciosa.

Pero quizá lo que más pesa es lo que la negativa te hace sentir sobre tu lugar en la relación. Estás cargando con todo: nombrar lo que pasa, proponer qué hacer, buscar opciones, además del costo emocional de plantearlo una y otra vez. Y tu pareja sigue en un lugar cómodo: el de quien no tiene que decidir nada. Eso no se siente como un desacuerdo. Se siente como estar solo o sola dentro de algo que debería ser de los dos.

Cuando esta asimetría se sostiene en el tiempo, lo que se desgasta no es solo tu energía: es la confianza en que la relación puede funcionar como un lugar seguro. Y antes de decidir qué hacer con eso, conviene entender qué está operando del otro lado: por qué tu pareja se niega, y qué hay realmente debajo de esa negativa.

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¿Por qué mi pareja se niega a ir a terapia?

La negativa rara vez se trata realmente de la terapia. Suele tratarse de lo que la terapia representa para quien se resiste: una exposición, una acusación implícita, una confirmación incómoda. Entender qué hay detrás no ayuda directamente a convencer a tu pareja, pero sí puede ser útil para no ver la respuesta necesariamente como un rechazo personal y empezar a leerla como información.

Por miedo a la exposición y al juicio

Para muchas personas, ir a terapia equivale a abrir frente a un extraño una parte de sí que llevan años protegiendo. No es la conversación lo que asusta: es la idea de quedarse sin las defensas habituales en presencia de alguien que las va a ver con claridad. Cuando la pareja dice "no me siento cómodo/a", muchas veces no está describiendo la terapia: está describiendo el miedo a ser visto.

Eso se intensifica cuando la persona viene de una historia donde mostrarse vulnerable tuvo consecuencias. Si en su familia el llanto se castigaba, si pedir ayuda fue motivo de burla, si la intimidad emocional nunca fue terreno seguro, la terapia se siente menos como ayuda y más como amenaza. La resistencia no es desinterés por la relación: es protección automática frente a un escenario que el cuerpo ya leyó como riesgoso.

Por leer la terapia como acusación

Cuando uno de los dos propone terapia, el otro a menudo lo escucha como "tú eres el problema". Aunque no se plantee así, la propuesta ya puede llevar el mensaje implícito: hay algo en ti, en mí o entre nosotros que está mal, y necesito que un profesional lo confirme. Si la pareja se siente cuestionada o evaluada antes de empezar, va a defenderse antes de escuchar.

Esto se agrava cuando la propuesta de ir a terapia estuvo dada en un contexto de reclamos y recriminaciones. La terapia así deja de verse como un posible espacio de cuidado y puede verse más bien como un tribunal. En este caso,  la persona que se niega no está negando ayuda: está negando entrar en un escenario donde siente que va a salir señalada. Por eso cambiar cómo se propone (no como diagnóstico del otro, sino como cuidado del vínculo) suele mover más que insistir en la necesidad.

Por creer que ir a terapia es admitir el fracaso

Para algunas personas, pedir ayuda equivale a reconocer que no pudieron solas. Y en una relación, eso se intensifica: ir a terapia significaría aceptar que la relación, tal como la han construido, no está funcionando. Para alguien que basa parte de su identidad en sostener, proveer o resolver, esa admisión se siente como un colapso personal, y no como un movimiento sano.

Detrás de esta resistencia suele haber una creencia rígida sobre lo que debería ser una relación adulta: si nos queremos, deberíamos poder solos; si necesitamos ayuda, algo está mal en nosotros. La terapia, leída desde ahí, no es un recurso: es la prueba pública del fracaso. Mientras esa lectura no se nombre y revise,  ninguna invitación, por buena que sea, va a destrabar la negativa.

Por indisponibilidad emocional o falta de registro del malestar

A veces la pareja no se niega por miedo ni por orgullo, sino porque genuinamente no registra el problema. Lo que tú vives como crisis, la otra persona lo vive como normalidad, cansancio pasajero o etapa que ya pasará. No es que esté minimizando deliberadamente: es que su umbral de alarma está calibrado en otro lugar, muchas veces porque creció en contextos donde lo que tú nombras como malestar era simplemente el fondo cotidiano.

Aquí la resistencia se siente especialmente sola, porque no hay un punto de partida común. Tú estás describiendo un incendio y la otra persona ve un fuego o incluso una fogata todavía bajo control. La conversación no avanza porque cada uno está hablando de una realidad distinta. Y en esos casos, la terapia individual a veces se vuelve la única vía: no para arrastrar a la pareja, sino para que tú dejes de gastar energía intentando que el otro vea lo que su sistema, por ahora, no está preparado para registrar.

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No querer ir a terapia no siempre es el problema

Hasta aquí hemos hablado de las razones por las que tu pareja se resiste a ir a terapia. Antes de entrar en cómo abordar la conversación, conviene detenernos en algo que casi no se dice: que esa negativa, en sí misma, no siempre es lo que está dañando la relación. Lo que daña es otra cosa, y conviene distinguirla bien.

La terapia no es la única forma de trabajar una relación

La terapia es un recurso valioso, pero no es el único camino para que una pareja se mueva. Hay personas que reparan vínculos a través de conversaciones largas y honestas, leyendo, escuchando podcasts juntos, observándose con más atención, asumiendo errores, cambiando hábitos concretos. No todas las parejas necesitan un consultorio para empezar a moverse, y suponer que sí pone una vara que excluye procesos legítimos.

Lo importante no es la herramienta, es si hay disposición real a revisar el vínculo. Si tu pareja se niega a la terapia pero sí está dispuesta a hablar, a leer lo que tú le compartes, a probar cosas distintas, a reconocer cuando algo no funciona, eso no es una negativa al trabajo: es una preferencia de modo de hacer las cosas. Otra cosa muy distinta es decir "no a terapia" y también "no a todo lo demás".

Hay derecho a no sentirse listo/a

Pedir terapia es un movimiento que requiere que dos personas estén en el mismo punto de disposición, y eso no siempre ocurre al mismo tiempo. Tú llevas semanas o meses procesando que algo no está bien; tu pareja quizá apenas empieza a percibirlo. No estar listo no es lo mismo que no querer: es estar en otro tiempo del proceso.

Forzar ese tiempo suele tener el efecto contrario al deseado. Una persona empujada a terapia antes de sentirse lista llega con resistencia activa, sabotea el espacio o se desconecta. El proceso, lejos de reparar el vínculo, refuerza la sensación de que la terapia es algo que se le hizo, no algo en lo que participó. Por eso esperar a que la disposición se construya, cuando hay señales de que sí se está construyendo, muchas veces es la decisión clínica correcta, no una concesión.

El problema no es decir "no", sino no hacer nada

Aquí está la distinción que muchos artículos sobre el tema no hacen. Una pareja puede decir no a la terapia y aun así sostener el vínculo con cuidado: reconoce lo que pasa, propone alternativas, cambia conductas, asume su parte, busca otras formas de elaborar. Otra pareja dice no a la terapia y no propone nada más: ni hablar, ni leer, ni cambiar, ni mirar lo que está roto. Esas dos negativas se escriben igual, pero significan cosas opuestas.

Lo que erosiona una relación no es que tu pareja prefiera no ir a terapia. Es que la negativa venga acompañada de inmovilidad: la postura de quien espera que tú dejes de insistir para que todo siga como está. Si lo que recibes cuando propones terapia es una contrapropuesta, aunque sea imperfecta, hay material para trabajar. Si lo que recibes es silencio, evasión o promesas que nunca se concretan, el problema ya no es la terapia: es la falta de disposición a sostener el vínculo desde algún lugar.

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Cinco claves para hablar con tu pareja sobre ir a terapia

Si después de leer lo anterior sigues sintiendo que la terapia de pareja es el paso que necesitan, el problema probablemente no sea la propuesta en sí, sino cómo y cuándo se plantea. La mayoría de las conversaciones sobre terapia fracasan no por el contenido, sino por el contexto emocional en el que ocurren. Estas cinco claves no son técnicas de persuasión: son formas de abrir un espacio donde la otra persona pueda escuchar sin sentirse atacada.

1. Elige el momento, no improvises la conversación

Proponer terapia al final de una discusión es casi garantía de que la respuesta sea defensiva. En ese momento los dos están activados, el cuerpo registra amenaza y la capacidad de escuchar cae. Lo que se dice desde ahí no se procesa como propuesta: se procesa como golpe.

Busca un momento de calma relativa, no necesariamente un momento perfecto (esos rara vez existen), pero sí un contexto donde ninguno de los dos esté agotado, con prisa o recién salido de un conflicto. Nombrar el tema cuando hay piso emocional estable cambia las probabilidades de que la conversación avance en lugar de cerrarse.

2. Habla desde lo que te pasa, no desde lo que tu pareja hace mal

Hay una diferencia enorme entre "necesitamos terapia porque tú no cambias" y "quiero que vayamos a terapia porque llevo meses sintiéndome sola con esto y ya no sé cómo manejarlo". La primera frase acusa. La segunda expone. Y una persona que se siente expuesta ante la vulnerabilidad del otro responde distinto a una persona que se siente señalada.

Esto no significa que no puedas nombrar lo que tu pareja hace. Significa que el centro de la conversación no debería ser su conducta, sino el efecto que esa conducta tiene en ti y en el vínculo. Lo que abre una puerta no es el reclamo, es la honestidad de decir "esto me está costando y no quiero dejarlo pasar".

3. Propón la terapia como cuidado del vínculo, no como diagnóstico del otro

"Creo que nos vendría bien un espacio para escucharnos con ayuda" no es lo mismo que "necesitas que alguien te diga lo que estás haciendo mal". El primer encuadre presenta la terapia como algo que se hace juntos, para los dos. El segundo convierte el consultorio en un tribunal donde una de las partes ya fue juzgada antes de entrar.
Si tu pareja siente que la terapia es para corregirla, va a resistirse. Si siente que es un lugar donde los dos pueden decir lo que no saben decirse solos, la resistencia baja. No siempre desaparece, pero se mueve de "me niego" a "déjame pensarlo". Y ese movimiento ya es un cambio significativo.

4. Anticipa la resistencia sin tomarla como rechazo personal

Es muy probable que la primera respuesta sea alguna forma de "no". Eso no significa que la conversación haya fracasado. Significa que tu pareja necesita tiempo para procesar una propuesta que toca sus defensas, sus miedos y su lectura de la relación. Lo peor que puedes hacer en ese momento es interpretar la resistencia como indiferencia y reaccionar desde ahí.
Anticipa esa respuesta antes de plantear la conversación. Si sabes que la primera reacción probablemente no va a ser un "sí", puedes sostener la frustración sin escalar. Y si la respuesta es "ahora no", puedes preguntar qué necesitaría para sentirse más cómodo o cómoda, en vez de insistir con más argumentos que en ese momento ya no se van a escuchar.

5. Da espacio a la respuesta, no la presiones en la misma conversación

Plantear, argumentar, insistir y pedir una decisión en el mismo momento convierte la conversación en un asedio. La otra persona siente que no tiene salida, y desde ahí la única respuesta disponible es defenderse o ceder sin convicción. Ninguna de las dos cosas sirve.

Nombrar la necesidad y después soltar el tema requiere mucha contención, pero es lo que más espacio le da al otro para considerar la propuesta fuera de la presión del momento. "Quiero que lo pienses, no necesito que me respondas ahora" es una frase que hace más que media hora de argumentación. Si hay disposición, esa frase la activa mejor que cualquier insistencia.

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Cuando la negativa se convierte en una señal de alarma

Todo lo anterior parte de un supuesto: que la negativa de tu pareja tiene algo debajo que se puede trabajar. Pero hay un punto en el que conviene cambiar de pregunta. Ya no "¿cómo hago para que acepte?" sino "¿qué me está diciendo esta negativa sobre el estado real de la relación?".

Porque una cosa es que tu pareja no esté lista. Otra, muy distinta, es que no se esté moviendo. Y la diferencia se nota en patrones concretos.

- Minimiza lo que te duele. No es que discrepe sobre la gravedad del problema; es que le quita importancia a lo que tú sientes. Cuando describes algo que te está costando y la respuesta es "estás exagerando", "eso no es para tanto" o "siempre haces drama", la conversación no se cierra por desacuerdo: se cierra porque tu experiencia fue descalificada. Repetido en el tiempo, eso enseña a no hablar.

- Evita las conversaciones importantes. Cambia de tema, se levanta, se distrae, responde con monosílabos. Lo que se comunica no es "ahora no puedo", sino "este tema no existe". Y cuando los temas que importan dejan de tener espacio, la relación sigue funcionando en la superficie pero se vacía por dentro. Lo que no se nombra no desaparece: se acumula.

- Promete cambiar, pero nada cambia. Después de cada crisis, hay un momento de calma donde aparece la promesa. "Voy a esforzarme", "ya entendí", "va a ser diferente". Pero las semanas pasan y el patrón se repite exacto. Lo que se desgasta ahí no es la paciencia: es la credibilidad de la palabra del otro. Y cuando la promesa pierde peso, algo en el vínculo también lo pierde.

- Se cruza de brazos mientras tú sigues intentándolo. Tú investigas, propones, ajustas, cedes. La otra persona espera a que la tormenta pase. No contrapropone, no busca alternativas, no asume ningún costo. Lo que queda es una relación donde el esfuerzo se concentra en un solo lado, y eso no es un problema de comunicación: es una asimetría de compromiso que va erosionando la base.

Cuando estos patrones se acumulan, lo que estás sosteniendo ya no es una relación que atraviesa un momento difícil. Es una relación donde solo una parte está dispuesta a hacer algo con el momento difícil. Y eso cambia radicalmente lo que conviene hacer a continuación: ya no se trata de convencer, sino de protegerte.

Porque la acumulación tiene un costo que no siempre se ve mientras está ocurriendo. Te vas adaptando: bajas expectativas, dejas de pedir, empiezas a funcionar desde un lugar más resignado que conectado. Tu cuerpo registra la tensión, el sueño cambia, la irritabilidad sube, y en algún punto dejas de reconocerte en lo que toleras. Eso no es paciencia. La paciencia sostiene algo que se mueve; lo que sostiene algo inmóvil es otra cosa, y tiene un nombre más honesto: autoabandono.

Amar a alguien no te obliga a tolerar la indiferencia hacia lo que te duele. Una relación puede atravesar crisis, silencios, etapas difíciles. Pero necesita que los dos estén dispuestos a hacer algo con eso, aunque no sea al mismo tiempo ni de la misma forma. Cuando esa disposición desaparece de un lado, lo que queda no es un vínculo en crisis: es un vínculo que funciona solo porque uno de los dos sigue sosteniéndolo. Y eso tiene un límite.

Si tu pareja no quiere ir a terapia, aún puedes hacer algo

Llegar a este punto del artículo sin que tu pareja haya cambiado de postura no significa que estés sin opciones. Significa que las opciones cambian de eje: ya no giran alrededor de lo que el otro decide, sino de lo que tú puedes hacer con lo que tienes.

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  • Esperar con disposición, no esperar por inercia

    No toda espera es pasividad. Si tu pareja muestra señales de que algo se está moviendo internamente, aunque todavía no acepte la terapia, esperar puede ser la decisión más sensata. Señales como preguntar sobre el proceso, aceptar conversaciones que antes evitaba, reconocer que hay un problema aunque no sepa qué hacer con él. Eso no es inmovilidad: es un ritmo distinto al tuyo.

    La espera legítima tiene dos condiciones: que haya movimiento, aunque sea mínimo, y que tú no estés pagando un costo desproporcionado mientras tanto. Si esperar te está costando la salud, el ánimo o el sentido de quién eres, la espera dejó de ser cuidado y se convirtió en sacrificio. Y el sacrificio sostenido no repara vínculos: los desgasta desde adentro.

  • Terapia individual con enfoque en la relación

    Ir a terapia sin tu pareja no es un plan B menor. Es un espacio donde puedes trabajar tu parte del patrón relacional, entender qué se activa en ti cuando la otra persona se cierra, y construir respuestas que no dependan de que el otro se mueva primero. No se trata de arreglar la relación solo o sola: se trata de dejar de desgastarte intentando cambiar algo que no controlas.

    Un proceso individual con enfoque en la relación también te da algo que la espera sola no puede darte: claridad. Claridad sobre lo que necesitas, lo que estás dispuesto o dispuesta a tolerar y lo que ya no. Y desde esa claridad, las decisiones que tomes, quedarte, poner un límite o salir, van a ser más tuyas y menos reactivas. Si crees que este puede ser tu siguiente paso, puedes consultar cómo trabajamos la terapia individual en CDMX.

  • Establecer límites claros

    Un límite no es un ultimátum. No es "o vas a terapia o me voy". Un límite es nombrar lo que necesitas para seguir en la relación y comunicar las consecuencias reales de que eso no ocurra. "Necesito que trabajemos esto juntos de alguna forma. Si no es terapia, necesito saber qué propones tú. Pero seguir como estamos no es algo que yo pueda sostener."

    Poner un límite así requiere que estés dispuesto o dispuesta a sostenerlo. Por eso conviene no ponerlo desde la reactividad ni desde el cansancio extremo, sino desde un lugar donde ya hayas pensado qué estás pidiendo y qué vas a hacer si no se cumple. Un límite que se pone y no se sostiene enseña que los límites no son reales. Y eso debilita tu posición en la relación más de lo que la fortalece.

  • Evaluar alternativas reales de cambio

    Si tu pareja no quiere terapia pero sí muestra disposición a moverse, el siguiente paso es evaluar qué alternativas son viables y cuáles son formas de postergar sin costo. Leer juntos sobre el tema puede funcionar si después hay conversación real sobre lo leído. Hacer acuerdos concretos puede funcionar si hay seguimiento y ajuste. Lo que no funciona es aceptar la intención como sustituto de la acción.

    Evaluar alternativas también significa evaluar con honestidad si esas alternativas están dando resultado. No dentro de una semana, pero sí dentro de un plazo razonable. Si después de tres meses de "estamos intentándolo sin terapia" el patrón sigue exactamente igual, la alternativa no está funcionando. Y reconocer eso no es fracasar: es tener la lucidez de no quedarte atrapado o atrapada en un proceso que se mueve en círculos.

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No necesitas tener todo claro para pedir ayuda

Que tu pareja no quiera ir a terapia duele, pero no te deja sin camino. Lo que importa, más que la respuesta a la propuesta, es lo que esa respuesta revela sobre la disposición real del otro a cuidar lo que tienen. Una negativa con movimiento es muy distinta de una negativa con inmovilidad. Y tú mereces poder distinguirlas para decidir desde un lugar informado, no desde la culpa ni desde el agotamiento.

Si sientes que necesitas un espacio profesional para pensar tu situación, con o sin tu pareja, puedes dar ese paso. La terapia de pareja no requiere que lleguen con todo resuelto: requiere que al menos uno de los dos esté dispuesto a empezar. Consulta cómo trabajamos en terapia de pareja en CDMX.

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Referencias

  • Bowlby, J. (1969). El apego: Vol. 1 de la trilogía El apego y la pérdida. Paidós.
    Gottman, J. M. y Silver, N. (1999). Siete reglas de oro para vivir en pareja. Debolsillo.
    Johnson, S. M. (2008). Abrázame fuerte: Siete conversaciones para un amor duradero. Alba Editorial.

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Nuestras 439 reseñas verificadas de Google | 4.8 ★★★★✬

Carolina Muñoz
Carolina Muñoz
4 meses atrás
Excelente espacio de atención psicológica. Es un lugar muy confortable, agradable y que transmite tranquilidad. Además, cuentan con varios psicólogos, lo cual brinda distintas opciones según las necesidades de cada persona. En mi caso me atiendo con Vianney Dorantes y ha sido una gran experiencia: es muy profesional, atenta y realmente sabe escuchar. Me hace sentir en un espacio seguro y de confianza, además pone mucha atención en los detalles de cada situación. Me he sentido muy a gusto en cada sesión y agradezco mucho su acompañamiento. La recomiendo ampliamente.
Marlen
Marlen
3 meses atrás
Mi experiencia personal ha sido excelente. Desde hace unos meses he asistido con la psicóloga Fátima Hernández, quien siempre se ha conducido con respeto, responsabilidad, tacto, ética, profesionalismo y paciencia en cada una de nuestras sesiones. Si bien los temas que hemos abordado han sido complicados, lo cierto es que me he sentido en plena confianza para tratarlos. Estoy agradecida de que existan profesionistas con tanta dedicación, diligencia y preparación como ella, así como centros como este, que han contribuido a la mejora de mi salud mental. Por su parte, el personal administrativo que me ha atendido en la recepción ha sido amable y atento. Finalmente, quisiera agregar que las instalaciones del lugar son cómodas, limpias, agradables y seguras, sin embargo, desconozco si existe un acceso para personas con movilidad limitada porque en la entrada solo he visto escaleras. En general recomiendo mucho los servicios del centro y en particular de la psicóloga Fátima Hernández.
Daniela Castillón
Daniela Castillón
2 meses atrás
Es una clínica con una atmósfera muy agradable y una muy buena ubicación; yo he llevado mi proceso con Rogelio y, honestamente, me parece un gran profesional. Sé que también ofrece la posibilidad de dar terapia de familia, pareja y hasta en otros idiomas, lo cual considero una gran ventaja. He sentido una mejoría evidente desde que inicié mi proceso. Si estás pensando en buscar acompañamiento psicológico, te lo recomiendo mucho, particularmente Rogelio, pero estoy segura que los otros profesionistas son igual de buenos.
Aylin Jacobo
Aylin Jacobo
4 meses atrás
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Ale Arredondo
Ale Arredondo
3 meses atrás
Quiero recomendar mucho esta clínica porque mi experiencia ha sido muy positiva. Actualmente tomo terapia con Rogelio y Vianey, y algo que me gustó desde el inicio fue que me explicaron claramente el tipo de terapia con el que trabajan y cómo sería el proceso. Puede parecer algo sencillo, pero para mí fue muy importante entender qué podía esperar y cómo íbamos a trabajar. Después de haber tomado terapia en otros lugares, aquí siento que hay un verdadero hilo conductor entre sesión y sesión. No se sienten como conversaciones aisladas, sino como parte de un proceso que va construyéndose poco a poco. Conforme avanzo, me han ido cayendo muchos “veintes” sobre situaciones, patrones y formas de pensar que antes no lograba identificar. Además, siempre me he sentido en confianza, escuchada y acompañada. La atención es muy profesional, pero también muy humana, algo que valoro muchísimo. Si estás buscando un lugar para iniciar o continuar un proceso terapéutico serio, con profesionales preparados y un ambiente de confianza, definitivamente lo recomiendo. 💙 plus!! Pago con tarjeta, transferencia, factura, etc. y red wifi 😉
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