Inicio  »  Artículos de psicología  » Crisis de los 7 años en la pareja


 

Crisis de los 7 años en la pareja: qué está ocurriendo realmente en la relación

crisis-pareja-7-anos-hero

Escrito por: Psic. Rogelio Argüello S.

¿Sientes que algo cambió en tu relación y no terminas de nombrar qué? ¿Hay más silencios que antes, más malentendidos pequeños, menos ganas de buscarse al final del día? ¿Te descubres pensando si esto es lo que les tocaba o si ya se acabó?

Si llevan alrededor de siete años juntos, es probable que hayas escuchado hablar de la crisis de los 7 años en la pareja. Una idea que circula como si fuera un destino: cumplir el séptimo año y descubrir que el vínculo ya no se sostiene igual. La cultura popular la trata como una maldición. La psicología clínica la mira distinto.

Lo que suele pasar es que, hacia esa franja de la relación, el desgaste acumulado se vuelve visible. No es que el número siete tenga algo mágico. Es que para entonces ya pasaron suficientes cosas: convivencia, decisiones grandes, conflictos no resueltos, ajustes que nunca se hicieron. Y en ese momento, el vínculo deja de funcionar en automático.

Aquí vamos a ponerle estructura a lo que estás viviendo. Vas a encontrar qué hay detrás del mito, qué se desgasta realmente con los años, qué heridas individuales suelen activarse cuando el vínculo se tensa, y qué dinámicas casi nunca se nombran pero pesan. También vas a leer qué no debería normalizarse en nombre de la crisis, y cómo distinguir entre un punto de inflexión y una ruptura que ya estaba en marcha.

crisis-pareja-7-anos-reajuste-relacion.

La "crisis de los 7 años": entre el mito y lo que sí ocurre clínicamente

La expresión viene del cine. Una película de los años cincuenta popularizó la idea de que, hacia el séptimo año, algo en el matrimonio empieza a tambalearse. Desde entonces, la frase quedó instalada en la cultura popular como si fuera una ley natural de las relaciones. Y como toda idea repetida muchas veces, se volvió creencia.

Lo que la psicología observa es más matizado. Existe evidencia de que, en muchas parejas, el riesgo de ruptura aumenta en una franja que va aproximadamente de los cinco a los siete años. Algunos estudios sobre satisfacción marital muestran curvas similares: una caída notoria después del primer año y un segundo punto crítico en torno a la mitad de la primera década. El número siete no tiene nada especial. Lo que ocurre es que, para entonces, ya pasó suficiente tiempo para que el desgaste se acumule y se vuelva visible.

Entonces, no es una maldición. Tampoco es un invento. Es un fenómeno con base observable, mal nombrado por la cultura en general.

Qué sí ocurre en esta etapa

En este periodo de 7 años, la mayoría de las parejas ya pasaron por varias cosas a la vez: convivencia, decisiones grandes, en ocasiones hijos, conflictos que se resolvieron a medias o que nunca se resolvieron. El enamoramiento inicial ya quedó atrás. Es decir que lo que queda es el vínculo real: el que se construye y se desgasta con lo cotidiano.

En este punto suele aparecer una sensación particular. Además de cierto cansancio, surge la impresión de que algo ha cambiado, de que ya no es lo mismo, sin que puedas señalar cuando ha ocurrido. Los conflictos pequeños se repiten, y empieza a aparecer una pregunta incómoda: ¿esto es lo que somos ahora?

Lo que no es

No es necesariamente el final de la relación. Tampoco es señal de que se eligieron mal. Y de hecho no afecta a todas las parejas por igual: muchas atraviesan ese umbral sin crisis evidente.

Lo que sí es, casi siempre, es un momento en el que el vínculo deja de sostenerse de forma automática. Hasta ese momento, lo que mantenía la relación funcionando podía ser una mezcla de enamoramiento, novedad y la energía de empezar algo juntos. Cuando esos elementos se agotan, o se desvanecen considerablemente, queda lo otro: cómo se cuidan, cómo se reparan después de un conflicto, qué tan disponibles están emocionalmente. Es ahí donde se nota lo que se ha trabajado y lo que no.

existe-crisis-pareja-7-anos

Lo que suele desgastarse con los años

Cuando una relación lleva tiempo, lo que la sostiene cambia. Es un proceso normal. Al inicio hay novedad, descubrimiento, ganas de estar cerca casi sin pensarlo. Con los años, eso ya no alcanza. La relación empieza a depender de otra cosa: de cómo se manejan los conflictos, de cómo se cuidan en lo cotidiano, de qué tanto siguen siendo un lugar seguro el uno para el otro.

El desgaste rara vez aparece de golpe. Se va acumulando en tres frentes que suelen quedar fuera del radar hasta que el malestar ya está instalado:

  • En el conflicto: discusiones que se interrumpen, mismos temas que regresan con motivos distintos, sensación de no saber ya de qué se pelea.
  • En la comunicación: reclamos formulados como ataque al carácter, respuestas defensivas, conversaciones que terminan en silencio en lugar de acuerdo.
  • En lo cotidiano: intercambios reducidos a logística, vida sexual mecánica o ausente, pantallas que ocupan los espacios donde antes había contacto.

Conflictos no resueltos que se repiten

Hay discusiones en la relación que no terminan, solo se interrumpen. Y no porque continúe el enojo o el disgusto, sino porque se posponen, se dejan a la mitad, se tapan con un "ya, ya pasó", y semanas después vuelven con otro motivo aparente pero con el mismo trasfondo. Cuando esto se repite durante años, el conflicto deja de ser un evento puntual y se vuelve un patrón. Las parejas que llegan a terapia hacia esta etapa muchas veces describen lo mismo: ya no saben de qué pelean. Saben que pelean, y saben que el final siempre es parecido.

Lo que se desgasta ahí no es la capacidad de discutir. Es la confianza en que discutir sirva para algo. Y cuando esa confianza se pierde, la conversación deja de buscar acuerdo: busca terminar lo antes posible, o evitar empezar.

Críticas, defensividad y distanciamiento emocional

Con los años, puede formarse una dinámica en muchas parejas que es especialmente corrosiva. Empieza con una crítica: en vez de hablar de un comportamiento cualquiera, se ataca a la persona, perdiendo así la posibilidad de hacer algún ajuste. "Eres", "siempre", "nunca". Lo que lleva al otro a responder a la defensiva: justifica, contraataca, niega.  Y conforme esta secuencia se repite, ambos empiezan a cerrarse. Ya no hablan del problema. Hablan defendiéndose.

Cuando esta dinámica se hace crónica, aparece un tercer movimiento: el distanciamiento. La pareja sigue conviviendo, pero el contacto emocional se va apagando. Desde fuera, la relación funciona: se cumple con las rutinas, no hay gritos. Desde dentro, lo que cada uno siente es soledad acompañada.

Rutina y pérdida de espacios de conexión

La rutina en sí no es un problema. De hecho, una pareja necesita cierta predictibilidad, hábitos compartidos, cierta forma estable de habitar juntos lo cotidiano. El problema aparece cuando la rutina absorbe los espacios donde antes había encuentro. Las conversaciones se reducen a logística, la sexualidad puede volverse mecánica o desaparecer en silencio, los proyectos compartidos se vuelven gestión.

No es que el cariño desaparezca, es que deja de tener dónde aparecer. El vínculo necesita espacios donde no se esté resolviendo nada, donde exista un tiempo sin tareas u obligaciones, conversaciones sin agenda y presencia sin pantallas. Cuando esos espacios se pierden, lo que queda es una compañía eficiente que ya no se siente como pareja.

desgaste-acumulado-en-la-relacion-de-pareja

Cuando la crisis activa heridas más profundas

Lo que se deteriora no está solo en la relación: también está dentro de cada uno. Cuando el vínculo se tensa, en cada persona se activa también algo que es incluso anterior a la relación: formas de reaccionar al miedo, a la distancia, a la incertidumbre, que se aprendieron mucho antes de conocerse entre ellos. Por eso una misma discusión puede tener un peso completamente distinto en cada uno. No es exageración ni manipulación: es que el cuerpo está leyendo la situación desde una historia más larga.

En esta etapa, esas heridas dejan de ser ruido de fondo y se vuelven protagonistas:

  • Cuando la distancia se vive como amenaza: alarma frente a silencios, urgencia por confirmar que el vínculo sigue ahí, interpretación negativa de gestos ambiguos.
  • Cuando la cercanía se vive como saturación: cambio de tema en conversaciones emocionales, refugio en el trabajo o el celular, sensación de bloqueo al intentar hablar de fondo.
  • Cuando la inseguridad busca certezas: revisión recurrente del teléfono, preguntas insistentes sobre con quién y dónde, hipervigilancia frente a cambios mínimos.

Miedo al abandono y ansiedad relacional

Una de las formas que puede tomar la crisis interna es el miedo al abandono. Aparece cuando, frente a la distancia en la pareja, se activa una alarma interna que dice que el vínculo está en riesgo. No es desconfianza, ni exageración: es una respuesta antigua, ligada a cómo se aprendió a leer la cercanía y la distancia mucho antes de esta relación. Cuando la alarma se enciende, el cuerpo entra en alerta antes de que la mente alcance a explicar qué pasa, y desde ahí todo se lee con lupa: una respuesta tardía, un tono diferente, un silencio más largo de lo habitual, se interpretan como confirmación de algo temido.

Hacia los siete años este patrón puede intensificarse, porque la acumulación de pequeñas desconexiones previas hace que cada nueva señal se lea con más alarma. Y aparece la paradoja que más desgasta: entre más se busca tranquilizar la ansiedad pidiendo cercanía, más probable es que la otra persona se retire. La búsqueda de seguridad termina alimentando justo lo que se teme.

Evitación emocional y desconexión

Del otro lado del mismo proceso suele estar el patrón contrario: cuando hay tensión, una de las dos personas se desconecta. No se va físicamente, pero deja de estar disponible emocionalmente. Cambia el tema, minimiza, se refugia en el trabajo o el celular, en lo que sea que permita salir del campo afectivo sin tener que nombrarlo. No es maldad ni falta de amor. Es una forma de regulación: para alguien que aprendió que la cercanía emocional es invasiva o peligrosa, la distancia es lo que permite no desbordarse.

Cuando los dos patrones coinciden, ansiedad de un lado y evitación del otro, aparece la dinámica que más desgasta a las parejas de larga duración. Uno persigue, el otro se aleja. Y entre más persigue uno, más se aleja el otro. Después de años, ambos están agotados y ninguno entiende por qué hacer lo que cada uno hace para sentirse mejor termina haciendo lo contrario al vínculo.

Celos y necesidad de control como defensas

Los celos en esta etapa rara vez son lo que parecen. No suelen aparecer porque haya una infidelidad real, sino porque el vínculo ya no se siente seguro. Cuando alguien percibe que la pareja está más lejos, más callada, menos disponible, el cuerpo busca explicaciones. Y la necesidad de control aparece por el mismo camino: revisar el teléfono, preguntar dónde estuvo, querer saber con quién habló, no es siempre desconfianza por algo concreto, sino un intento de calmar una ansiedad que no tiene nombre.

Lo difícil es que estas conductas, aunque calman momentáneamente, refuerzan la idea de amenaza. Cuanto más se controla, menos se confía. Y la pareja, que muchas veces no ha hecho nada, empieza a sentirse vigilada y a alejarse más. La defensa se vuelve la herida.

crisis-pareja-distanciamiento-emocional

Crisis no es excusa: lo que no debe normalizarse

Atravesar una crisis no significa aceptar todo lo que ocurre en ella. Cuando decimos "estamos en crisis", se corre el riesgo de normalizar dinámicas que necesitan nombrarse y revisarse, no atravesarse en silencio. Hay cosas que aunque aparezcan en el contexto de una crisis, no son parte del desgaste. Son señales distintas.

Hay desgaste que se repara, y hay desequilibrios que, si no se nombran, se hacen crónicos y empeoran.

Cargar sola o solo el funcionamiento de la relación

Hay parejas en las que una persona termina sosteniendo la mayor parte del trabajo invisible: recordar fechas, prever lo que hace falta, organizar la logística familiar, estar pendiente del estado emocional del otro, reparar después de cada conflicto. Casi siempre se reparte de forma desigual sin que se haya hablado nunca: una persona lo asume y la otra queda en posición de "ayudar" cuando se le pide.

Cuando llega la crisis, este desequilibrio suele leerse como cansancio general de la relación o como "ya no nos buscamos". Pero la causa está antes, y no se repara con más comunicación ni con citas de pareja: se repara redistribuyendo lo que sostiene la relación en lo concreto. Sostener una crisis sin tocar este punto es pedirle a quien ya carga demás que cargue también el trabajo de reparar el vínculo.

Expectativas de género que nunca se nombraron

Cada persona llega a la relación con un modelo aprendido sobre lo que significa ser pareja: lo que vio en su familia, lo que la cultura le repitió durante años. Muchas veces ese modelo opera sin que la persona lo sepa: se vuelve evidencia en lugar de creencia. "Es normal que ella se encargue de eso", "es lógico que él decida esto". Cuando los dos llegan con modelos distintos, o cuando uno cuestionó el suyo y el otro no, lo que para una persona es injusto, para la otra es lo esperable.

La crisis no es el momento de descubrir estas asimetrías por primera vez. Es el momento en que se vuelven imposibles de ignorar. Y lo que no debería normalizarse es seguir tratándolas como "diferencias de carácter" o "formas de ser" cuando en realidad son acuerdos implícitos que la relación nunca negoció.

Quedar fuera de las decisiones que afectan a los dos

Hay relaciones en las que, sin que nadie lo haya decidido, una persona termina tomando la mayoría de las decisiones importantes: las finanzas, los planes de vida, los temas con los hijos. La otra queda en posición ejecutora, opinando sobre lo que ya está casi resuelto. También ocurre lo contrario: una persona carga con todas las decisiones operativas mientras la otra se desentiende.

En cualquiera de los dos extremos, la pareja deja de funcionar como un sistema de dos personas que deciden juntas. Eso, cuando lleva años, no es algo que la crisis tenga que "atravesar": es algo que necesita nombrarse. Mientras la estructura no se ajuste, ninguna estrategia para "reconectar" va a sostenerse por mucho tiempo.

Lo que tampoco debe pasar por crisis

Hay conductas que ninguna crisis justifica: gritos sostenidos, descalificaciones habituales, control sobre la libertad del otro, humillaciones, agresiones físicas. Tampoco la infidelidad sistemática presentada como "consecuencia" del momento difícil. No son señales de desgaste: son señales de daño.

Si reconoces alguna de estas dinámicas en tu relación, lo importante no es decidir si la crisis "se puede superar". Lo importante es revisar si las condiciones para trabajar en pareja están presentes, o si lo que se necesita primero es otra cosa: protección, acompañamiento individual, o ayuda especializada.

crisis-pareja-heridas-emocionales-profundas

¿Ruptura inevitable o punto de inflexión?

La pregunta crítica e inevitable a la que se confronta la pareja en crisis es esta: ¿esto se acaba o esto se puede trabajar?  Es la pregunta más difícil de la crisis, y también la que menos se responde desde fuera. Nadie puede decirte si tu relación tiene futuro. Pero hay criterios clínicos que ayudan a pensar la pregunta con menos miedo y con más claridad.

Lo primero es entender que la crisis, por sí sola, no decide nada. Una crisis no es una sentencia: es un punto donde el vínculo deja de funcionar como venía funcionando. Lo que decide el rumbo no es la crisis, sino lo que cada uno hace con ella. Y para ver eso con honestidad, conviene mirar tres cosas:

  • Si todavía hay algo que cuidar. No "amor" en abstracto, sino disponibilidad real para escuchar al otro, capacidad de reparar después de un conflicto, momentos donde el vínculo sigue ofreciendo algo a los dos.
  • Si los dos están dispuestos a moverse. Una crisis no se atraviesa con una sola persona empujando. Si solo uno quiere reparar y el otro espera "que las cosas se arreglen solas" o "que el otro cambie", la relación está sosteniendo más peso del que puede.
  • Si lo que hay no es daño. Las conductas que vimos arriba (control, descalificación, agresión) no son "crisis": son señales de que la relación dejó de ser un lugar seguro. En esos casos, la pregunta no es si se puede salvar, sino qué necesita cada quien para estar bien.
pareja tomándose de las manos en conversación difícil

Cuando es punto de inflexión

A veces la crisis revela lo que llevaba años sin nombrarse, y nombrarlo abre algo nuevo. Aparece la posibilidad de redistribuir lo que estaba desbalanceado, de hablar de lo que se había evitado, de revisar acuerdos que ya no funcionan. La relación no vuelve a ser lo que era, pero puede empezar a ser otra cosa, más honesta, abierta y más sostenible.

Eso pasa cuando los dos siguen comprometidos en el vínculo, aunque sea de forma cansada o ambivalente, y cuando ambos están dispuestos a mirar su parte. No al mismo tiempo, no con la misma claridad, no con el mismo ritmo. Pero los dos en movimiento. Sin cruzarse de brazos. Una crisis trabajada así no debilita la relación: la reorganiza. Lo que viene después suele parecerse poco al enamoramiento inicial y mucho a un vínculo más adulto.

Cuando ya no se trata de salvar la relación

Otras veces, la crisis no es el problema: es el momento en que ya no se puede seguir sosteniendo lo que llevaba años desgastándose. La distancia es real, el daño es viejo, las reparaciones intentadas no llegaron, y sobre todo uno o los dos ya no están emocionalmente disponibles para volver a invertir. Eso también es una respuesta válida. Reconocerlo no es fracaso: es lectura honesta.

Lo importante en este caso es separar la decisión de la urgencia. Las decisiones grandes no se toman en el momento de mayor activación emocional. Una ruptura sostenible suele necesitar acompañamiento, propio o de pareja, para que lo que se decide no esté contaminado por la crisis misma. A veces la terapia ayuda justamente a eso: no a salvar la relación, sino a salir de ella sin más daño del necesario.

superar-crisis-pareja-fortalecer-vinculo

Claves para superar la crisis y fortalecer el vínculo

No hay una fórmula que sirva para todas las parejas. Lo que sí hay son movimientos que, cuando ambos los hacen, suelen marcar diferencia. No son técnicas para "arreglar" la relación: son cambios de fondo que reorganizan cómo se cuidan los dos. Funcionan cuando se sostienen en el tiempo, no cuando se aplican como recurso de emergencia.

1. Nombrar lo que estaba en silencio

Mucho de lo que se deteriora en una pareja se acumula porque nunca se nombró. Lo que cada uno asumió, lo que le dolió y no dijo, lo que esperaba y nunca pidió. La crisis es, entre otras cosas, el momento en que ese silencio deja de sostenerse. Y nombrar no es echarse en cara: es poner palabras a lo que estaba operando desde antes sin lenguaje. "Esto que llevo cargando hace años pesa." "Esto que tú haces me distancia." "Esto que dejamos de tener me hace falta."
Hablar así requiere que el otro pueda escuchar sin defenderse, al menos por un rato. Y eso no se logra solo con buena voluntad: se logra eligiendo el momento, bajando el tono, y aceptando que escuchar lo del otro no significa darle la razón. Significa dejarle existir.

2. Reparar después del conflicto, no evitarlo

Las parejas que sostienen vínculos sanos no son las que no discuten. Son las que reparan después. Reparar es lo que se hace cuando algo se rompió, aunque sea pequeño: una palabra dura, un gesto que dolió, una conversación que terminó mal. Es volver al otro y reconocer lo que pasó. Decir "me equivoqué", "no quise herirte", "vamos a hablarlo distinto". Y escuchar al otro hacer lo mismo.

Lo que complica una crisis no son los conflictos: es la acumulación de roturas sin reparación. Cuando los dos aprenden a reparar, los conflictos dejan de ser temidos, porque se sabe que después viene el regreso al vínculo.

3. Redistribuir lo que estaba desbalanceado

Los movimientos emocionales no alcanzan si la estructura sigue desigual. Si una persona carga el trabajo invisible, las decisiones, el sostén emocional, y la otra acompaña, ninguna cantidad de "comunicación" va a sostener el vínculo en el tiempo. Redistribuir es concreto: revisar quién hace qué, quién decide qué, quién recuerda qué, y mover lo que está mal repartido. Hablar con franqueza sobre lo que pesa, sobre lo que se da por hecho, sobre lo que ya no funciona.

Esto suele incomodar más que las conversaciones emocionales, porque toca privilegios cotidianos que muchas veces no se ven hasta que se nombran. Pero sin este paso, los otros se desgastan rápido.

4. Recuperar espacios donde no se esté resolviendo nada

La pareja necesita tiempo que no esté ocupado por logística, por tareas, por pendientes. No "salir a cenar" como obligación, sino encontrar formas de estar juntos sin agenda: caminar sin destino, conversar sin tema, estar en la misma habitación sin pantalla. Esos espacios son donde el vínculo respira, donde aparece la complicidad, donde se acuerdan los dos de por qué siguen ahí.

Recuperarlos no requiere grandes producciones. Requiere protegerlos de lo demás: del trabajo, de las pantallas, de la urgencia constante. Y sostenerlos como hábito, no como excepción.

5. Pedir ayuda cuando las estrategias propias dejan de alcanzar

Llega un punto en que lo intentado en pareja ya no rinde. Las conversaciones repiten patrones, las reparaciones no llegan a fondo, las heridas individuales se activan más rápido de lo que se pueden trabajar entre dos. No es señal de fracaso: es señal de que el sistema necesita una mirada externa que ayude a ver lo que desde dentro ya no se distingue.

La terapia de pareja, cuando se busca a tiempo, no se usa para salvar relaciones rotas: se usa para que dos personas que aún se quieren puedan reconstruir cómo estar juntas de una forma más sostenible. Esperar a "tocar fondo" suele dificultar el trabajo, no facilitarlo.

terapia-de-pareja-para-crisis-de-los-7-anos.

Cómo puede ayudar la terapia de pareja

La terapia de pareja no es un último recurso ni una señal de que la relación está "fallando". Es un espacio donde dos personas pueden mirar lo que entre ellas ya no se distingue, con la ayuda de alguien que no está dentro del patrón. Eso es lo que la diferencia de cualquier otra conversación: no se trata de tener un mediador, sino de tener un lente que muestra lo que el desgaste vuelve invisible.

En el trabajo terapéutico, lo que aparece primero no suele ser "el problema". Aparece la dinámica: cómo se activa la crisis entre los dos, qué dispara qué, cómo cada uno responde a la respuesta del otro. Esa lectura del patrón es el primer cambio. Cuando una pareja entiende que lo que les pasa no es "ser incompatibles" sino estar atrapados en una secuencia, deja de sentir que hay algo intrínsecamente roto en ellos. Hay algo que se aprendió a hacer, y se puede aprender a hacer distinto.

A partir de ahí, el trabajo se sostiene en tres planos que aparecen entrelazados:

  • Lo que ocurre entre los dos: cómo se hablan, cómo se cuidan, cómo reparan después de un conflicto.
  • Lo que cada uno trae a la relación: heridas previas, formas de apego, expectativas heredadas que se activan con la cercanía o la distancia.
  • Lo que entre los dos han construido sin darse cuenta: acuerdos implícitos, roles asumidos, asimetrías que nunca se nombraron.

Lo que la terapia no hace es decidir por la pareja. No dice si seguir o no seguir. No reparte culpas. No promete que la relación se salve. Lo que sí hace es ofrecer un espacio donde lo que llevaba años sin nombrarse pueda nombrarse, donde lo que se reactiva en cada uno pueda entenderse, y donde los dos puedan decidir con más información y menos urgencia qué quieren hacer con lo que tienen.

Si llevan tiempo en este punto, si ya intentaron hablarlo y sienten que regresan al mismo lugar, o si quieren detener el desgaste antes de que se vuelva irreversible, la terapia de pareja en CDMX puede acompañarlos en ese proceso. No para arreglar lo que no se puede arreglar solo, sino para hacer con dos lo que dos solos ya no estaban logrando hacer.

¿Te pareció útil?

Compártelo con alguien que pueda beneficiarse.

Referencias

  • Bowlby, J. (1989). Una base segura: aplicaciones clínicas de una teoría del apego. Paidós.
  • Gottman, J. M., & Silver, N. (2010). Siete reglas de oro para vivir en pareja. Debolsillo.
  • Johnson, S. M. (2008). Abrázame fuerte: siete conversaciones para un amor entero. Alba Editorial.
  • Maté, G. (2022). El mito de la normalidad: trauma, enfermedad y sanación en una cultura tóxica. Diana.
  • Perel, E. (2018). El dilema de la pareja: repensando la infidelidad. Diana.
  • van der Kolk, B. (2020). El cuerpo lleva la cuenta: cerebro, mente y cuerpo en la superación del trauma. Eleftheria.

Cómo prepararme antes de mi primera terapia

Envíame información de los servicios

Listo. Te enviaremos la información a la brevedad.

Nuestras 439 reseñas verificadas de Google | 4.8 ★★★★✬

Carolina Muñoz
Carolina Muñoz
4 meses atrás
Excelente espacio de atención psicológica. Es un lugar muy confortable, agradable y que transmite tranquilidad. Además, cuentan con varios psicólogos, lo cual brinda distintas opciones según las necesidades de cada persona. En mi caso me atiendo con Vianney Dorantes y ha sido una gran experiencia: es muy profesional, atenta y realmente sabe escuchar. Me hace sentir en un espacio seguro y de confianza, además pone mucha atención en los detalles de cada situación. Me he sentido muy a gusto en cada sesión y agradezco mucho su acompañamiento. La recomiendo ampliamente.
Marlen
Marlen
3 meses atrás
Mi experiencia personal ha sido excelente. Desde hace unos meses he asistido con la psicóloga Fátima Hernández, quien siempre se ha conducido con respeto, responsabilidad, tacto, ética, profesionalismo y paciencia en cada una de nuestras sesiones. Si bien los temas que hemos abordado han sido complicados, lo cierto es que me he sentido en plena confianza para tratarlos. Estoy agradecida de que existan profesionistas con tanta dedicación, diligencia y preparación como ella, así como centros como este, que han contribuido a la mejora de mi salud mental. Por su parte, el personal administrativo que me ha atendido en la recepción ha sido amable y atento. Finalmente, quisiera agregar que las instalaciones del lugar son cómodas, limpias, agradables y seguras, sin embargo, desconozco si existe un acceso para personas con movilidad limitada porque en la entrada solo he visto escaleras. En general recomiendo mucho los servicios del centro y en particular de la psicóloga Fátima Hernández.
Daniela Castillón
Daniela Castillón
2 meses atrás
Es una clínica con una atmósfera muy agradable y una muy buena ubicación; yo he llevado mi proceso con Rogelio y, honestamente, me parece un gran profesional. Sé que también ofrece la posibilidad de dar terapia de familia, pareja y hasta en otros idiomas, lo cual considero una gran ventaja. He sentido una mejoría evidente desde que inicié mi proceso. Si estás pensando en buscar acompañamiento psicológico, te lo recomiendo mucho, particularmente Rogelio, pero estoy segura que los otros profesionistas son igual de buenos.
Aylin Jacobo
Aylin Jacobo
4 meses atrás
Es un espacio muy ameno y profesional. Tuve el acompañamiento del psicológico Rodrigo Cordero. Una persona que da terapia con un trato muy humano, respetuoso y siempre manteniendo un papel profesional. De la misma forma ofrece una atención increíble, siempre se toma el tiempo de escucharte y de acompañarte durante todo el proceso incluso fuera de sesión, se siente el seguimiento constante. Siempre me brindó un espacio seguro donde pude ser completamente honesta, me cambió la perspectiva de muchos aspectos de mi vida e inclusive me ayudó a desarrollar herramientas para enfrentar mis conflictos día a día. Se nota el profesionalismo, la preparación y sobre todo la vocación genuina por ayudar. Lo recomiendo ampliamente si buscas a una persona totalmente empático, profesional, real y respetuoso y sobre todo interesada en buscar una mejoría personal.
Ale Arredondo
Ale Arredondo
3 meses atrás
Quiero recomendar mucho esta clínica porque mi experiencia ha sido muy positiva. Actualmente tomo terapia con Rogelio y Vianey, y algo que me gustó desde el inicio fue que me explicaron claramente el tipo de terapia con el que trabajan y cómo sería el proceso. Puede parecer algo sencillo, pero para mí fue muy importante entender qué podía esperar y cómo íbamos a trabajar. Después de haber tomado terapia en otros lugares, aquí siento que hay un verdadero hilo conductor entre sesión y sesión. No se sienten como conversaciones aisladas, sino como parte de un proceso que va construyéndose poco a poco. Conforme avanzo, me han ido cayendo muchos “veintes” sobre situaciones, patrones y formas de pensar que antes no lograba identificar. Además, siempre me he sentido en confianza, escuchada y acompañada. La atención es muy profesional, pero también muy humana, algo que valoro muchísimo. Si estás buscando un lugar para iniciar o continuar un proceso terapéutico serio, con profesionales preparados y un ambiente de confianza, definitivamente lo recomiendo. 💙 plus!! Pago con tarjeta, transferencia, factura, etc. y red wifi 😉
Previous
Next

¡Me interesa! Envíame novedades y promociones

¡Gracias por suscribirte!

¿Estás listo(a) para asistir a terapia psicológica?

Envíanos un mensaje con el motivo de consulta o programa tu cita directamente en la página. Nosotros nos pondremos en contacto contigo.

Experiencia

Contamos con más de 10 años ofreciendo nuestros servicios psicológicos.

Confidencialidad

En R&A Psicólogos ofrecemos una garantía total y absoluta de confidencialidad, así como de seguridad en el manejo de la información.

Competencia

Contamos con estudios de maestría o especialidad en distintas áreas de la psicología clínica.

Row rect Shape Decorative svg added to bottom

Contáctanos aquí

¡Déjanos tus datos y en breve nos comunicaremos contigo!

San Francisco 656-int. B, Col. Del Valle Benito Juárez, CDMX 03100
+525557091107
+5255 19320676

Whatsapp: +52 55 1932 0676